REC 2, o la que debió quedarse en el papel

28 de mayo. Una fila bien nutrida de aficionados al cine de terror, va avanzando poco a poco hacia la sala oscura donde se estrena la esperadísima REC 2 unos cuantos meses después de hacerlo en España. Lo mejor, que en la fila hay gente de todas las nacionalidades hablando maravillas de la primera parte de esta saga española. Lo peor, que a la salida los españoles no estamos tan seguros de haber quedado muy bien parados ante el público internacional.

Han pasado 15 minutos de donde nos quedamos en la primera parte. Un grupo de GEOs entra en el endemoniado edificio acompañados por un supuesto enviado del Ministerio de Sanidad y se van viendo poco a poco atrapados en aquellas paredes claustrofóbicas, mientras el secreto más terrorífico de sus vidas se les va desvelando. Nada ni nadie son lo que parece. Y no hay manera de salir de allí. Lastimosamente el espectador nunca llega a identificarse con ninguno de los personajes (qué pasó con esa regla básica del guión señores Balagueró y Plaza?) y los actores dejan mucho que desear mientras van dictando de carrerilla un libreto aprendido.

Este tipo de cosas son las que hacen desconectar desde el principio y causan que el espectador se fije en fallos pequeños que de otro modo habrían pasado por alto mirando para otro lado. Si el público no se llega a meter nunca en la trama ni en la piel de ninguno de los personajes, sucede la gran catástrofe del cine: o se aburre y se va o, como está siempre observando desde fuera, se dedica a buscarle tres pies al gato.

Curiosamente los directores prometieron hace dos años que no habría segunda parte. Sin embargo, por aquellas cosas del mundo del marketing y la producción cinematográficos, la número dos aterriza en las pantallas inglesas después de hacerlo en las españolas. Sin nada de la genialidad y originalidad de la primera parte. Aquí la historia se aleja del terror mental para acercarse al malestar físico del gore. La cinta no solo muestra todo, sino que explica cada uno de los misterios que, ignorándolos, hacían de la primera una trama de pura tensión. Precisamente misterio y tensión es lo que se pierde en las poco originales explicaciones un tanto cursis y pasadas de moda. Era mejor la idea del virus a secas.

REC 2 es pura gráfica: sangre a litros, tiros a discreción y largos planos de zombis que se recrean en detallar cada secreto de sus anatomías – precisamente lo que no hacía la primera. Toda clase de «lujos» visuales que le quitan a la trama su carga psicológica capa a capa, dejando al espectador al final con un simple caso de casquería a lo Jack el Destripador. Eso sí, todo muy bien empaquetado dentro de la atmósfera de un videojuego de acción.

Y es que el paralelismo es absoluto y además, hay que decirlo, bien hecho: introducción de la historia y personajes dentro del vehículo de los GEOs mientras hablan y preparan las armas, entrada al edificio e, inmediatamente, inicio de la acción a través de sus propias cámaras (sensación de primera persona), mientras pegan tiros a todo lo que se acerca y reciben instrucciones de una voz en la radio. A cualquier aficionado a videojuegos le sonará el asunto.

Divertida, entretenida y de las que se olvidan fácil al salir del cine

Precisamente todo esto es lo que hace de REC 2 una película ni mucho menos genial pero para nada aburrida. La montaña rusa de altibajos, sustos y hasta gags desternillantes la hacen entretenida. Cantidad de referencias visuales y de guión a clásicos como El Exorcista (William Friedkin, 1973) o El Anticristo (Alberto De Martino, 1974), pasando por los oscuros cortos de Balagueró, arrancan más de una carcajada y ofrecen al público una hora y media simplemente divertida. 20 minutos después y tras haber comentado con los amigos esto y aquello, la historia pasa al archivo mental cinematográfico sin levantar mucho polvo. Mientras, el expediente de la primera parte aún causa escalofríos dos años después de haber sido archivado.

Si REC fue todo un fenómeno que revolucionó a la crítica y dejó a más de uno sin dormir, REC 2 cumple con la premisa de que «las segundas partes nunca fueron buenas». Eso sí, el mayor acierto de los señores directores y guionistas es que la película, al final, no se toma en serio a sí misma. Esa pequeña clave hace perdonar todas las incongruencias, «chistes» y referencias exageradas y hasta burlonas.

Cuando, en los créditos finales, el espectador sonríe de soslayo al escuchar el tema musical de cierre, todo se reduce a una risa. Vaya par de gamberros. Después de todo, ya nos lo advirtieron: «no habrá segunda parte». Y eso mismo es lo que han cumplido.

https://www.youtube.com/watch?v=G18Y-S8YrQ0

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