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Rusia gana el pulso a Occidente

Vladímir Putin, presidente de Rusia. Hay muchas formas de interpretar la historia, sobre todo cuando se trata de conflictos diplomáticos en los cuales entran intereses en juego. Factores ideológicos, geoestratégicos y económicos explicarían el desenlace final del pulso que ha mantenido Rusia con Occidente durante la crisis ucraniana, episodio que pasará a la historia como punto de inflexión en las relaciones internacionales de principios del siglo XXI.

Ucrania está viviendo una crisis política que la convierte en un débil actor internacional fácilmente manipulable y las superpotencias internacionales siempre están al acecho para mover ficha en su beneficio ante casos tan oportunos como éste.

Ya lo dijo el ex presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov. Lo que ha hecho Vladimir Putin con la adhesión de Crimea a Rusia ha sido corregir un error cometido en el pasado por Nikita Krushchev cuando cedió la península a Ucrania en 1954 y que tampoco arregló Boris Yeltsin en 1991 con la desintegración de la URSS. Casi un 60% de la población de Crimea es rusa y, según el referéndum de autodeterminación celebrado recientemente, el 95% de los electores desean formar parte de Rusia. He ahí el oportunismo de Moscú al adoptar el papel de salvador, supuestamente ateniendo a la llamada del pueblo, en un momento de incertidumbre para los crimeanos que no ven nada claro el futuro que les brinda Kiev.

Del argumento de corrección de la historia que esgrime Gorbachov se deduce, asimismo, que el Kremlin no ha aceptado aún la pérdida de control de los territorios ex soviéticos y su estrategia internacional denota profundos tintes zaristas. Muestra de ello fue la intervención en Georgia en 2008 cuando, de forma similar, Rusia se amparó ante la situación de inestabilidad interna para socorrer a los pro-rusos de Osetia del Sur y Abjasia. Fue entonces cuando ambas poblaciones se declararon de facto independientes ante el rechazo de Occidente que aún hoy no reconoce a estas dos repúblicas. Pero el Kremlin sí y, por lo tanto, los intereses geopolíticos de Rusia se han visto convenientemente reforzados en el Cáucaso desde entonces.

También la península de Crimea tiene una importancia estratégica de altísimo valor para Rusia no solo porque es la entrada al Mediterráneo sino porque en la ciudad autónoma de Sebastopol se localiza la base militar de la flota rusa. El antiguo Imperio zarista convirtió a la ciudad en una activa metrópoli portuaria con un marcado carácter militar que se ha mantenido e intensificado en el transcurso del tiempo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de la URSS de proteger su dominio naval en el Mar Negro se vio incluso aumentada con el progresivo acercamiento de Turquía a los Estados Unidos y su ingreso en la OTAN. Los turcos permitieron en los años 60 que buques de guerra estadounidenses transitaran por los Estrechos de Dardanelos y Bósforo provocando las quejas de los soviéticos que fueron ignoradas. Y cuando la Federación Rusa cedió Sebastopol a Ucrania en 1997 lo hizo a cambio de mantener su base naval, de momento al menos hasta el año 2042.

En el plano económico, y a pesar de la profunda depresión que trajo la era soviética, Rusia ha ido creciendo a una velocidad vertiginosa en las últimas décadas. Por una parte, la superpotencia alberga las mayores reservas energéticas todavía sin explotar y su vasto territorio es la mayor superficie soberana del planeta al abarcar tres continentes con límites geográficos en Europa y Asia y frontera marítima en América por Alaska. Pero la influencia internacional de Rusia no es ni mucho menos en vano pues, por otra parte, es uno de los países que más destina a presupuesto militar, posee uno de los arsenales de armas nucleares más importantes y es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y del G-8. Es más, las excelentes relaciones comerciales entre Rusia y China son la envidia de los Estados Unidos que desearían mantener su poder unilateral a toda costa.

Rusia ha ganado el pulso a Occidente con la anexión de Crimea básicamente por dos razones. Primero, las sanciones diplomáticas y comerciales impuestas por los Estados Unidos y la UE no son más que meras reprimendas temporales a las que Rusia sobrevivirá sin mayores problemas. Y, segundo, el Kremlin ha visto más que justificada su intervención en la crisis ucraniana ya que pesan más los factores ideológicos, geoestratégicos y económicos que las reprimendas de Occidente. De manera que, en caso de haber querido propiciar un cambio real en las intenciones rusas sobre Ucrania, Occidente debiera haber empleado elementos disuasorios contundentes aunque indeseables por impopulares e incluso bélicos. No ha habido tal temeridad, por otro lado, quizás porque los Estados Unidos aún tienen demasiado cerca el recuerdo de los trece días que duró la crisis de los misiles en plena Guerra Fría. Menos mal.

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