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Una de blues… ¿o mejor jazz?

A veces te pasa lo mismo con la gastronomía: sin tener ni idea de qué va la esferificación o las nuevas fusiones, disfrutas algunos restaurantes y manjares como si fueses un freak de la cuestión. Hasta con la música clásica, que sin saber a fondo sobre las obras de Wagner o Bach, una sinfónica interpretándolos te estremece el alma.

Será porque, al final, lo que cuenta es la experiencia sensorial. Lo mismo pasa con estos dos géneros musicales: sin tener mucha idea ni de blues ni de jazz, cada vez que los escuchas en directo te tocan lo sensitivo. Y entonces te dices: «Debería ir más…». Por Londres, que no sea.

Como cualquier gran ciudad norteamericana o europea, exigentemente culta, el blues y el jazz se riñen los mejores garitos de música en directo del centro. Tienen en común su procedencia estadounidense, su expansión y desarrollo a partir de los años cincuenta y sesenta por Europa (especialmente por Inglaterra) y la improvisación que ambos géneros disfrutan. Sin embargo, y aunque el blues tuvo gran influencia en el jazz, suenan muy distinto. Un blues, según la etimología de su palabra, es algo triste y melancólico, y lo asocias a nombres como Muddy Waters o B.B. King. En cambio, el jazz, según el uso más antiguo de su palabra, hace referencia a algo enérgico y vital, y lo asocias segurísimo a nombres como Louis Armstrong o Miles Davis. Así que, según tengas el día, se recomienda un Ronnie Scott’s (Ronnie’s para los asiduos) o un Ain’t Nothin’ But (la fiesta del blues, para los que lo frecuentan). Vendrían a ser como el Blue Note o The Village Vanguard y el Terra Blues neoyorquinos. Reliquias de una ciudad que acostumbran, casi siempre, a compartir barrio. Allí, el West Village. Y aquí, el Soho.

Inspirado en un típico Chicago Juke Joint, el Ain’t Nothin’ But presume ser el único bar de Londres con una oferta 7 days a week consecutivamente durante más de veinte años. Su dueño, Kevin Hillier, lo define como el mejor bar de blues en esta parte del Atlántico, lo cual despierta el interés por saber quién tocó allí dentro, además de voces como la que regaló muchas noches Amy Winehouse en el famoso «Lunes de Jam», que el bar sigue ofreciendo de 8pm a 1am. Como cualquier otra, llegaba pronto, añadía su nombre a la lista y, al ser llamada, improvisaba su blues. Pero además, este londinense nos cuenta que, aprovechando la fiebre por el blues en Londres, su bar ha conseguido ver tocar a bestias como John Primer, aterrizado directamente desde Chicago en el 94. También ha escuchado harmónicas como la de Paul Jones, quien consiguió desplazar hasta la calle Kingly a gente desde la costa sur del país y, entre muchísimas más, destacaremos actuaciones como las de Henry Gray, desde Louisiana, o Chris Jagger, hermano pequeño de Mick.

Entre risas, Hillier nos regala grandes y discretas historietas sobre los interminables fines de semana que pasaba con estrellas del blues que volaban desde Chicago a Londres para tocar en su bar. Como buen enamorado del blues y respetuoso con su esencia, la mayoría de veces él mismo organizaba estas visitas con el ánimo de conservar la presencia de personalidades americanas tocando en su bar inglés, preservando las fuertes raíces y orígenes afroamericanos que pertenecen al blues. Cabe destacar pues, que el Ain’t Nothin’ But es un reflejo importante de la historia del British Blues, desarrollado en los años sesenta y setenta, cuando las bandas de músicos en el Reino Unido emulaban a las leyendas del blues estadounidense. Y, a lo largo de la década, el blues inglés, sobre todo instalado en Londres, desempeñó un importante papel de recuperación de cantantes afroamericanos, al llevarlos a Europa y reinterpretar sus temas clásicos. Viejos músicos de blues americanos empezarían a compartir escenario con músicos londinenses entonces.

Si te pasas actualmente por este bar, palparás un ambiente bastante más juvenil de lo que probablemente imaginas. Esto enorgullece a su dueño, feliz de ofrecer una auténtica atmósfera de blues a almas tan puras, pudiendo acercarlas cada día a la esencia de lo que él entiende como base de toda música. Otra manera de hacerlo, por cierto, es con el festival de blues que él mismo organiza durante el mes de julio, año tras año, en las montañas de Mijas, en Málaga. En concreto, este año celebra el octavo Festival de Blues de Mijas.

Ronnie Scott’s, emblema del jazz en Londres

Con una escenografía mucho más elegante y dispuesta intencionadamente al culto, el Ronnie Scott’s se presenta como el local de jazz más emblemático del Soho, de toda la ciudad y uno de los más importantes de la vieja Europa. El nombre rinde homenaje al que fue uno de sus creadores y quien, asombrado por el jazz neoyorquino de los años cuarenta, se dispuso a crear algo similar un viernes 30 de octubre del año 1959, de la mano del también saxofonista y amigo personal, Pete King.

Primero fue en la calle Gerrard y, seis años más tarde, el local se mudó a su puesto actual, en la calle Frith, también en el Soho. Como íbamos contando, Ronnie siempre recordaba que su principal fuente de inspiración fueron los locales que frecuentaba en la calle 52 de Manhattan, doce años antes de abrir el Ronnie’s en Londres. Con 20 años y sus ahorros para el viaje a los Estados Unidos medio acabados, tuvo la oportunidad de escuchar hablar justo en la mesa de al lado a Miles Davis con Dizzy Gillespie, después de su actuación en el Three Deuces de la Gran Manzana. Mr. Scott contaba que ese fue el momento que más lo inspiró hasta entonces y quiso crear, cuanto antes, una misma atmósfera en algún lugar de Londres. Su sueño sería construir un espacio donde músicos de jazz británicos pudiesen hacer jams.

Lo cumplió. Pete y Ronnie rápidamente consiguieron una buena reputación al juntar a los mejores músicos de jazz moderno del país en su club. Pronto atraerían la atención de músicos clásicos americanos para cruzar el Atlántico y acercarse al Ronnie’s para tocar, creando desde entonces infinitas actuaciones legendarias. El Ronnie Scott’s se convirtió, tras largas negociaciones de Pete con la Federación de Músicos Americana, en el primer club de jazz europeo que ofrecía talento musical estadounidense. Zoot Sims, Johnny Griffin, Roland Kirk, Al Cohn, Stan Getz, Sonny Stitt, Ben Webster o Benny Golson serían algunos de ellos y, en concreto Golson, el último saxofonista americano en tocar en el primer local de la calle Gerrard. Por su parte, artistas como Tom Waits, Linda Lewis, Elkie Brooks, Eric Burdon, Paul Rodgers, Jack Bruce y Mark Knopfler también han sido algunos de los protagonistas del que fue el piso adicional para el pop y el rock del nuevo espacioso local construido poco tiempo después, y a pocos metros a pie del original. Sin alejarse de su esencia más jazzística, cabe destacar que a principios de los ochenta, Scott y King fueron también los responsables de conseguir un espacio en el Reino Unido para músicos cubanos de talento, además de ser coanfitriones en 1993 del Festival de Jazz de Cuba, en La Habana.

Desafortunadamente, la muerte inesperada en 1996 de Ronnie Scott, a los 69 años, fue un drama en el mundo de la música londinense. A pesar de la especulación de la prensa, relacionando su muerte a sus constantes depresiones, su brutal vida sometida al humo y la combinación de sus Brandys junto con los calmantes para sus problemas dentales, el veredicto forense la define como una muerte totalmente desgraciada. Pete aguantó sólo esta aventura únicamente nueve años más, llegando a celebrar el 45 aniversario del club. Sin embargo, su soledad sin Ronnie era tal que decidió vender el local a la empresaria y asidua al club, Sally Greene. Fue en junio del año 2005 cuando Sally tomó las riendas y prometió hacer perdurar durante décadas esta institución del jazz en Londres. Con ella, el Ronnie Scott’s ha visto actuar a las caras más importantes de la escena mundial del jazz, así como a Wynton Marsalis, Chick Corea, David Sanborn, Kenny Garrett o Billy Cobham, entre muchos otros.

Actualmente, la banda de la casa, dirigida por el pianista James Pearson, está presente en los festivales de jazz más importantes del mundo, así como demandada en escenarios tan anecdóticos como en las bodas de Kate Moss o Kevin Spacey.

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