Yucatán, el lugar donde aún existe la magia

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Uxmal - Pirámide Adivino. / Secretaría de Fomento Turístico de Yucatán

“¿Crees en las brujas? Pues te voy a contar una historia que le pasó a un servidor cuando era pequeño”. Y con una carcajada que podría haber espantado a los pájaros que habitan en La Bocana, cerca del pueblo de Sisal, Graciano, más conocido como Don Zurdo, comenzaba el primero de los que serían varios relatos relacionados con las leyendas mayas. Mientras remaba por el manglar y apartaba las ramas que entorpecían el paso de la barca, Don Zurdo hacía paradas puntuales para señalar detalles de aquel lugar tan pintoresco que podrían haber pasado desapercibidos.

Era nuestro sexto día en Yucatán. Un grupo de periodistas provenientes de Reino Unido y de Alemania tuvimos la oportunidad de visitar este estado, localizado a poco más de dos horas de Cancún, y de conocer las costumbres del lugar, probar la gastronomía yucateca y recorrer los denominados pueblos mágicos. Y es que, si de algo puede presumir Yucatán, es de respirar magia por todos sus recovecos, desde las raíces de la ceiba, el que es considerado árbol sagrado para los mayas, hasta la cima de Chichen Itzá, pasando por las aguas cristalinas de sus playas y cenotes y por las calles empedradas que conducen a pueblos en los que se habla la lengua maya.

Pero vayamos por partes

Yucatán te confunde en muchos aspectos, ya sea por su extrema belleza a pie de calle como por el significado del mismo nombre: “no te entiendo” o, como dirían en lengua maya los lugareños a los españoles que llegaron a la península en en siglo XVI y preguntaron por el nombre del lugar: “ma´anaatik ka tánn”.

La tradición y herencia maya se respiran por todos los rincones del estado, sobre todo en los pequeños pueblos que se conectan entre sí a través de kilómetros de caminos, algunos de ellos considerados oficialmente como “pueblos mágicos”. Izamal es uno de ellos. Cuando uno pone un pie en esta ciudad se siente como Dorothy atravesando el pueblo de Oz. Sin embargo, en este caso no es el camino empedrado el que es de color amarillo, sino las paredes de los edificios de la llamada ciudad de las tres culturas, (maya, española y mestiza) que uno puede recorrer a pie o, como lo hicimos nosotros, en quads.

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Tekax Plazuela – Centro Histórico. / Secretaría de Fomento Turístico de Yucatán

Acompañados de un guía, tuvimos la suerte de ver a pie de calle las famosas pirámides de la época maya que adornan Izamal e incluso subir a la cima de dos de ellas. Y es que, a pesar de los casi 40 grados centígrados de temperatura, la grandilocuencia y las vistas de la última pirámide que visitamos, llamada Kinich Kak Moo, hizo que experimentásemos escalofríos y que se nos pusieran a todo el grupo los pelos de punta.

“Nada que envidiar a Chichén Itzá”, bromeaba el guía, mientras nos explicaba las ruinas mayas, la época colonial y los remanentes de la misma, la mezcla de religiones y los diferentes dioses a los que los mayas rezaban justo donde nos encontrábamos en ese momento. “Los mayas rezaban al dios de la lluvia porque necesitaban agua, no utilizaban el agua de los cenotes, ya que eran lugares sagrados. Los mayas creían que estos eran la entrada a Xibalba: El infierno”.

Los cenotes

De una belleza suprema, virginal, casi artificial, la península de Yucatán cuenta con más de 7000 cenotes, algunos incluso descubiertos hace poco, como el encontrado justo debajo de la pirámide de Kukulcán, en Chichén Itzá.

Formados con la llegada del meteorito a la Tierra que exterminó a los dinosaurios, estos pozos naturales pueden llegar a ser muy diferentes entre sí. Los hay abiertos, semi abiertos o en forma de cavernas o cuevas. Si algo tienen en común todos ellos, eso sí, es su capacidad para dejar sin aliento a aquel que pone un pie en su interior.

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Cenote Santa Bárbara Homún Xoch’. / Secretaría de Fomento Turístico de Yucatán

En nuestro tercer día en Yucatán tuvimos la suerte de visitar Selva Maya y su cenote. Tras un día intenso de actividades entre las que se incluía un pequeño tour en bicicleta hasta llegar a la tirolina, acabamos refrescándonos en las aguas profundas de estas maravillas de la naturaleza.

“Ya verás, cuando te metes en los cenotes se te quitan todas las preocupaciones. Te da mucha paz. Dicen que igual es porque es agua que se está moviendo constantemente en los ríos subterráneos. Y bueno, por la magia que tienen los cenotes, se llevan las malas vibras”, comentaba Isa, nuestro guía en Yucatán.

Pero no hizo falta ni siquiera mojar un pie para entender el significado de sus palabras. No existe vídeo o imagen que pueda igualar a la fotografía grabada en nuestras retinas de lo que es un cenote, ni palabras que puedan definir con exactitud el paraíso que teníamos ante nosotros.

Bañarse en cualquiera de ellos es una experiencia única, que puede dar vértigo, al pensar en la gran profundidad de esas aguas puras y limpias, pero que al mismo tiempo te da tranquilidad. Sabes que nada malo te va a pasar entre las paredes de un cenote, esos muros adornados, en algunos casos, incluso con estalactitas y con cascadas de agua naturales que se entremezclaban con las lágrimas saladas que, curiosamente resbalaban por mi cara.

No sería la primera vez que me emocioné en Yucatán. Chichén Itzá me dejó de nuevo el rostro empapado y los pies paralizados en el suelo.

Pero antes de postrarnos ante una de las Siete Maravillas del Mundo, Yucatán nos tenía preparadas más sorpresas, algunas de ellas culinarias.

La gastronomía de Yucatán es muy variada y se caracteriza por la versatilidad de sus ingredientes. El cerdo, ya sea en forma de cochinita Pibil o Poc Chuc, es uno de los platos principales que no pasan desapercibidos para los yucatecos y, por supuesto, tampoco lo hicieron para nosotros. El restaurante Kinich, en la ciudad de Izamal, fue el primer lugar donde pude probar los dos “platillos” y comprobar de primera mano la diferencia de sabores entre ambos, debido a su cocción (cochinita Pibil se hace bajo tierra) y el aderezo de salsas o ingredientes, como la naranja agria, el frijol negro y la cebolla picada, en el segundo.

En Kinich no te dan de comer, te ofrecen una experiencia única. Miriam, la dueña del restaurante, nos descubrió un mundo diferente, basado en la tradición y en las costumbres yucatecas. Nos condujo a un huerto propio, en el que cultivan las verduras y las frutas que ofrecen en su menú y nos explicó los métodos de cocina, mientras observábamos a unas mujeres hacer tortillas de manera artesanal. Por un instante cerré los ojos permitiendo que mis sentidos restantes se avivasen y pude corroborar que Kinich pertenece a Izamal de la misma manera que la magia se desprende de la varita de un mago.

En los desayunos yucatecos no pueden faltar los huevos motuleños, un plato típico de la ciudad de Motul que consiste en huevos fritos colocados sobre una tortilla, cubiertos con salsa de tomate, trozos de jamón y acompañados de una base de frijoles. Los huevos rancheros, los vallisoletanos o cualquier variación de los primeros son opciones de lo más deliciosas. Eso sí, siempre acompañados de un zumo fresco. ¿Nuestro preferido? El jugo hecho con chaya, una planta típica, similar a la espinaca, que se puede consumir de muchas formas, aunque si se bebe, se suele mezclar con otras frutas, como la lima, el limón o la piña.

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Desayuno en Mérida. / Secretaría de Fomento Turístico de Yucatán

En el hotel Kahal, en Mérida, ya conocían nuestra predilección por la bebida y con una sonrisa nos ofrecían el jugo en el desayuno. Mención especial de hecho tiene que tener este hotel, no solo por su localización, en el centro de Mérida, sus instalaciones o el tamaño y limpieza de sus habitaciones; sino por el trato familiar que ofrecen a sus huéspedes desde el momento en que uno cruza la puerta de entrada. Y es que, cuando nos adentramos en Kahal recibimos dos sonrisas. La primera, la de los trabajadores del hotel, que en todo momento están disponibles para resolver cualquier duda. La segunda, la que generamos instantáneamente al percibir el olor del lugar, prácticamente indescriptible, pero que te evoca a un paraje seguro, a un hogar.

Papadzules, relleno negro, tamales, la sopa de lima, el queso relleno, longaniza de Valladolid… la gastronomía yucateca es sorprendente, heterogénea y divertida. “¿Os gustaría probar… grillos?”. Una sonriente Chloe, dueña de un restaurante muy joven de Mérida llamado NOL nos ofreció estos insectos en el interior de una mini mazorca de maíz. Y a veces, la vida te sorprende y, lo que puede parecer un platillo no del todo agradable se convierte en una delicia al paladar. “El postre también lleva un extra de proteína”, añadía risueña Chloe, sabiendo que íbamos a devorar el manjar de chocolate y que no nos iba a defraudar.

No se puede hablar de la comida en Yucatán sin hacer referencia al plato estrella: el ceviche. Y paradójicamente, el que más me llamó la atención e hizo que mis papilas gustativas se desmadrasen en el interior de mi boca no se sirvió en una mesa de restaurante, sino en un cuenco con, accidentalmente, arena de la playa privada a la que accedimos desde Sisal tras recorrer el manglar en kayak. Don Zurdo preparó con esmero la comida, pescada esa mañana, en el mismo bote donde fuimos transportados, mientras yo, apoyada en el quicio de la barca, le preguntaba por más historias y leyendas de la zona. “¿Has oído hablar de La Llorona? Yo la vi una vez cuando era pequeño…”, comentaba el anciano, mientras partía y aliñaba el pescado en una tabla.

No vimos a la Llorona, ni a ningún personaje mitológico mexicano, pero sí que pudimos observar la fauna de Yucatán en todo su esplendor: Las diferentes aves que habitan en Río. Lagartos, los flamencos de ese preciado color rosado que, asustadizos, buscan comida lejos de los humanos y; por supuesto, los protagonistas de la zona, cuyo nombre se encuentra reflejado en el de la localidad; los reptiles que causan terror y fascinación al mismo tiempo: Los cocodrilos.

Flamencos en Yucatán
Flamencos en Yucatán. / Secretaría de Fomento Turístico de Yucatán

Existen dos tipos de estos reptiles en Río Lagartos: los cocodrilos moreletii, de tamaño y dientes pequeños y el cocodrilo americano, que puede llegar a medir hasta 6 metros de longitud. Aunque suelen ser más comunes los primeros, quiso la suerte -o el destino- que nos topásemos, en nuestro trayecto en barca, con dos cocodrilos americanos, que descansaban, de presencia apacible, entre las ramas y las raíces de los árboles de la biosfera.

Cuando todavía no nos habíamos recuperado de la emoción (o del susto) de observar a estos animales en su hábitat natural, ese mismo día nos llevaron a conocer un lugar que recuerda al plumaje de los flamencos, unas playas en las que no te puedes dar un baño, pero que solamente la contemplación de su marea compensa el viaje, sobre todo porque se trata de aguas un tanto inusuales, cuyo color dista mucho de las aguas cristalinas que, de igual belleza, se observan en la costa de Yucatán. Una zona llamada Las Coloradas y que, a plena luz del día, sus aguas se ven de color rosado.

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Las Coloradas – Río Lagartos. / Secretaría de Fomento Turístico de Yucatán

No se trata de un efecto óptico. Las coloradas son así debido a la combinación de la alta salinidad de sus aguas, que puede incluso ser dañina para la piel, la convivencia en ella de microorganismos y ciertos tipos de algas y la luz solar. Hay que recalcar que, de estas playas se obtiene la sal que se comercializa en la península, tras un proceso de secado al sol en la zona.

La guinda del pastel, la niña bonita del viaje, se hizo esperar. Cuando la melancolía por la vuelta comenzaba a hacer acto de presencia en nuestro último día en Yucatán, un regalo en forma de Maravilla del Mundo nos eliminó la pena. La pirámide de Kukulcán, en Chichén Itzá, se erguía ante nuestros ojos magnánima, serena.

Ya habíamos visto Uxmal, una antigua ciudad maya localizada en el municipio de Santa Elena. Sus restos arqueológicos y sus pirámides; junto con la historia detrás de ellos nos había impresionado de tal manera que no podríamos parar de preguntarnos la razón detrás de la importancia de Chichén Itzá frente a otras ciudades como Uxmal.

Lejos de mantener un cierto escepticismo, nuestro guía Abel disipó todas nuestras dudas al segundo de comenzar a hablar de la historia de los Mayas. Y podría narrarlo aquí en el reportaje, podría contar cómo sin herramientas más que sus manos y sus cinco sentidos crearon el calendario Maya o construyeron el denominado “Castillo” en honor a la llamada serpiente emplumada. Podría explicar cómo ellos entendieron el funcionamiento del Universo mejor que nosotros que contamos con la ayuda de Internet y la inteligencia artificial. Podría intentar reflejar mi asombro al comprender que eran una sociedad jerárquica basada en las capacidades y habilidades de sus miembros, no en sus orígenes de clase. Me gustaría comentar también cómo el 75% de los astrónomos mayas eran mujeres, porque se creía que éstas tenían una sensibilidad especial hacia el Universo.

Podría decir muchas cosas de los Mayas. Y sin embargo creo que no les haría justicia.

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Kukulkán – Chichén Itzá. / Secretaría de Fomento Turístico de Yucatán

“¿Estás bien?”, me preguntaba Dina, una compañera periodista que me miraba preocupada. Muerta de vergüenza me doy cuenta de que mis lágrimas estaban ya mojando el escote de mi vestido mientras Abel, sin inmutarse, me guiñaba el ojo y me tranquilizaba. “Es normal. Mucha gente se emociona cuando viene aquí. Este lugar tiene una energía diferente”.

Las lágrimas cesaron pero la emoción se mantuvo durante todo el viaje de vuelta a la capital británica. En el último momento, antes de poner un pie en el avión, sonreí al acordarme de la pregunta que me hizo Don Zurdo mientras nos dábamos un baño en el manglar y yo le explicaba que me quedaría en ese lugar para siempre. “¿Te atreverías a pasar una noche en el manglar, una noche entera?”. “¿Y usted?”, le respondí risueña. “¿Yo? ¡Ni loco!”, y con la misma carcajada con la que terminaba de narrar sus historias de fantasmas y brujas nos hizo señas para dejar ese lugar mágico. Ese lugar al que yo volvería y en el que, a punto de subirme al avión, me hizo replantearme la idea de pasar la noche allí, solamente para disfrutar, un rato más, de la magia de Yucatán.

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