La directora chilena Maite Alberti estrena en Netflix «Un hijo propio», el documental que humaniza a la mujer que secuestró un bebé en México

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Maite Alberti. / Netflix ©2026.

Maite Alberti, la cineasta chilena galardonada por La memoria infinita y El agente topo, estrena el 13 de agosto en Netflix su nuevo documental, Un hijo propio, basado en un caso que sacudió México hace dos décadas: el de Eleonor Alejandra Marín Mendoza, una mujer que fingió un embarazo y se llevó a un bebé de un hospital.

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La directora habla en exclusiva con El Ibérico sobre una obra que no busca juzgar, sino entender qué lleva a una mujer a cruzar esa línea.

«Invito a mirar a Alejandra y a entenderla»

«Mi deseo de ser mamá era para complacer a los demás», reconoce, en tono de confesión y conclusión, Eleonor Alejandra Marín Mendoza, tras cumplir una condena de trece años de cárcel por secuestrar un bebé de un hospital. El reconocimiento llega casi al final del documental Un hijo propio, dirigido por la chilena Maite Alberti, basado en un caso que sacudió México hace dos décadas. El filme se estrenará el día 13 de agosto en Netflix y en él participan los protagonistas reales de los hechos, incluida la jueza que mandó a Alejandra a prisión, y las actrices y actores que los representan. De ahí que la obra sea un híbrido entre documental y película, pese a que a Maite no le gusta la definición. La directora habla con El Ibérico y dice que «yo invito a mirar a Alejandra y a entenderla en el contexto en el que vive, con las presiones que la acechan en todos los ámbitos de su vida en los que se tiende a buscar respuestas fáciles y rápidas a todo, mientras ella transita por el dolor y la decepción que la llevan a fingir un embarazo».

Arturo y Alejandra. / Luis Antonio Rojas. Netflix ©2026

El caso que sacudió México

Alejandra fue conocida en México como «la secuestradora de bebés» tras fingir el embarazo y llevarse del hospital al bebé de una madre que, supuestamente, había llegado a un acuerdo con Alejandra para entregárselo. La veracidad o el cumplimiento del acuerdo entre ambas mujeres, que se conocen en la sala de espera de un hospital, gravita como una sombra en todo el documental e introduce una ambigüedad que queda inconclusa en el aire. «No hay pruebas del acuerdo, es la palabra de una contra la otra y yo no me pongo de parte de ninguna de ellas; es verdad que en los casos de vientres de alquiler u otros pactos, a veces, los contrayentes se han echado atrás y han roto acuerdos establecidos previamente, y también se han conocido tres casos de embarazos ficticios desde el de Alejandra; a mí lo que me interesa es analizarlo desde el punto de vista de ellas; sin juzgarlas, intentar entenderlas, puesto que a las mujeres no solo se las juzga antes de ser madres, sino que son juzgadas en todos los aspectos de la maternidad», explica la directora de cine, galardonada por su trabajo La memoria infinita, El agente topo o Los niños.

«La maternidad está juzgada a diario»

Al parecer de Maite, «la maternidad no solo está idealizada, sino que está juzgada a diario por patrones culturales ajenos a las realidades cotidianas de las mujeres». ¿Por qué tenemos hijos?», le pregunto. «Pues no lo sé; es un tema personal, como para vivir nuevos amores, pero en el caso de las mujeres sí que es un sacrificio que te cambia la vida radicalmente», contesta Maite, madre de un hijo, tras una pausa para reflexionar. En Un hijo propio, lo que empieza con una mentira piadosa entre dos mujeres (una con el segundo embarazo -no deseado- y la otra tras haber sufrido abortos y frustrados IVF) se va enredando en el mundo que se construye Alejandra y que, para ella, se consolida con diagnósticos médicos, sonrisas y aprobaciones del entorno que la atrapan en su propia mentira. Un juego de luces y sombras, ambigüedades, caras y cruces: queda atrapada en su propio convencimiento. «Otra de las frases que dice la misma Alejandra en el documental, tras pasar trece años en la cárcel, es: ‘Esperaba que alguien me frenara; que me pinchara el globo de la mentira’, pero nadie lo hizo», continúa Maite, quien enfatiza el encarcelamiento de Alejandra como la fase de reflexión y de análisis de su propio comportamiento, y también de reconciliación consigo misma.

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Arturo y Alejandra. / Luis Antonio Rojas. Netflix ©2026

Trece años de cárcel en un país marcado por la violencia

Sobre la pena de trece años que cumplió Alejandra al completo, en un país en el que la violencia es práctica frecuente, la directora comenta lo siguiente: «En México, en aquel momento, los secuestros eran un delito que había que castigar; aunque fuese el de un bebé, la pena hubiese podido ser de 25 años. No obstante, la jueza dice que, como ella no dañó al bebé, lo mínimo eran los trece años; entró en la cárcel dañada por ella misma, por el secuestro, y allí empezó el apoyo psicológico que la ayudó. De haberlo tenido cuando lo necesitaba, cuando llegó al hospital con el último aborto, quizás no hubiese sufrido tanto y todo hubiese sido distinto; nunca lo sabremos».

La estética de Alejandra como lenguaje narrativo

Maite construye en Un hijo propio un relato veraz, con la estética que gusta a Alejandra; desde su boda con excesos de brillantes y lentejuelas por doquier y música romántica y dulzona, hasta relucientes globos y corazones para celebrar el baby shower o el color rosa imperante en la boda, en la habitación de la niña que casi no llega a estrenar e incluso en la lencería con la que se mide el grueso de su vientre a medida que engorda a base de comer dulces procesados.

La directora cinematográfica consigue poner la cara humana a quien fue conocida como «la secuestradora de bebés». «Nos tenemos mucho cariño», apostilla Maite sobre su relación con Alejandra, dando una respuesta rápida a lo que parece una pregunta frecuente sobre si se han hecho amigas durante el rodaje de la película, antes y después.

Sin tomar partido: el juicio que queda en el aire

A diferencia del conocido juicio bíblico del rey Salomón, que tiene que decidir cuál de las dos mujeres que reclaman la maternidad de un bebé es la madre biológica, Maite opta por no tomar parte en el litigio ni en el juicio cinematográfico que dirige al mismo tiempo que se sitúa como una observadora o narradora exterior. «No hay pruebas de si hubo acuerdo entre ellas o no». Dejémoslo así.

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Imagen: Depositphotos.com

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