La histórica embajada española en Londres: anécdotas, política y usos de un símbolo diplomático

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El edificio de la Embajada de España en Londres.

En septiembre de 1973, don Manuel Fraga Iribarne recogió de manos de la reina Isabel II las cartas credenciales que lo acreditaban como embajador de España en Reino Unido. Para tan distinguida ocasión, el franquista memorizó la frase que, con acento gallego, le espetó a la soberana: “Her Majesty, we have to talk urgently about Gibraltar” (Majestad, tenemos que hablar con urgencia sobre Gibraltar).

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Don Manuel sabía que no era lo adecuado soltar la cháchara a tan ilustre señora. Al salir del salón, dejando a la reina, registrando o ignorando lo oído, don Manuel se dirigió a Carlos Mendo, su jefe de prensa, y descargó: “Si no se lo digo, reviento”.

La hablilla la difundió el mismo Mendo y Manolo Milián, biógrafo de Fraga y su representante en Cataluña. Manolo cuenta a El Ibérico que Laureano López Rodó (otro franquista reconvertido a demócrata) urdió el envío de Fraga a Londres para desacreditarlo por formar parte del Gobierno que ejecutaba a prisioneros como el comunista Julián Grimau y asesinaba a manifestantes o a estudiantes como Enrique Ruano Casanova. En cambio, Fraga hizo de tripas corazón. Manolo viajaba una vez por semana a Londres para despachar con el embajador e hilvanar la conspiración política que iba a traducirse en la transición de la dictadura a un sistema de gobierno democrático. Fraga, de un castigo, hizo un complot.

En la misma década de 1970, un eslogan turístico anunciaba parajes por toda España con la frase “donde el silencio habla”. Si las paredes de la embajada franquista hablasen, contarían el contubernio que se llevaban don Manuel y Manolo para mutar de la dictadura a la democracia. En los días de partes médicos, noviembre de 1975, sobre la salud agonizante de Francisco Franco, Fraga salió con prisas de la embajada con destino a Madrid. El silencio del palacete, como la publicidad turística, hablaba del futuro de España.

La embajada de España en Londres: sede de poder en Belgravia

La trama trazada por Fraga y sus secuaces para democratizarse, a día de hoy, es conocida. El exembajador franquista intentó ser presidente del Gobierno español cuatro veces (1977, 1979, 1982 y 1986) y fracasó. Se consoló con ser presidente de la Junta de Galicia hasta que quiso. Fraga no era el primer embajador que convertía la sede diplomática de Londres en nido de confabulaciones.

El aristócrata barrio de Belgravia reúne el mayor número de delegaciones diplomáticas por metro cuadrado de todo el Reino Unido. La española, en el 24 de Belgravia Square, destaca, puesto que ocupa toda una esquina de la plaza. La zona ha inspirado al escritor Julian Fellowes para su novela Belgravia, una versión urbana de Downton Abbey. El Estado español ha adquirido el palacete, formado por dos antiguas residencias que configuran la embajada, la residencia del embajador y la cancillería con acceso también por Chesham Place. La compra por 91,5 millones de euros fue lenta; se inició en octubre de 2021. El alquiler, desde 1923, se extinguía en marzo de 2027 con la peculiaridad de las leyes inglesas de freehold (inmueble que incluye el suelo) o leasehold (inmueble que excluye el suelo). Leyes medievales sobre propiedad de la tierra que se perpetúan hasta el siglo XXI.

Edificio de la Embajada de España en Londres.
Edificio de la Embajada de España en Londres.

Un palacete con historia

La venta del edificio la hizo Grosvenor Estate, una de las numerosas compañías inmobiliarias del joven duque de Westminster. Hugh Grosvenor, de 34 años, heredero de un portafolio o patrimonio de 10.000 millones de euros a la muerte de su padre, Gerald Cavendish Grosvenor, fallecido en 2016 a los 64 años. La vistosa embajada, de estilo paladino, fue diseñada por el arquitecto H.E. Kendall en el siglo XIX. Columnas en cobertizo a la entrada y ventanales con alegóricos visillos, que dejan entrar la luz e impiden ver lo que se cuece dentro.

Antes de ubicarse en Belgravia Square, la embajada estuvo en la cercana plaza de Grosvenor Gardens, donde se casaron en 1920 los duques de Alba, padres de la fallecida Cayetana. Entonces, en 1920, el embajador era Alfonso Merry del Val y Zulueta. Los Zulueta fueron juzgados en Londres en el siglo XIX por incumplir las leyes de abolición de esclavos. Merry del Val acordó en 1923 con el duque de Westminster el alquiler de la llamada Downshire House para embajada española hasta 2027. No han llegado a agotar el período centenario.

El duque de Alba, que se casó en 1920 en Grosvenor Gardens, fue nombrado embajador en Reino Unido durante la Guerra Civil en otra de las confabulaciones que llevaron al duque franquista a representar primero a un gobierno rebelde, alzado contra la Segunda República, y después a ser la voz del franquismo en la corte de San Jaime, de 1939 a 1945. Las delegaciones extranjeras son espacios con inmunidad diplomática, donde el silencio también habla.

La mesa del Titanic

Con la adquisición de la residencia paladina, el Gobierno emprendió un programa de restauración del patrimonio artístico que cobija el sustancioso edificio. Cuadros, alfombras, muebles y lámparas, entre otros objetos de valor cultural, adornan las grandes y luminosas estancias de techos altos, altísimos. Un equipo de restauradoras de Patrimonio Nacional se trasladó a Londres para dar nueva vida a las obras de arte. Karina Marotta, Cristina López Heras y Carmen García explicaron a El Ibérico que “la restauración se ha llevado a cabo sin problemas, aunque algunas piezas, como los cartones, que en realidad son lienzos, habían estado desatendidas durante mucho tiempo”. Y resaltaron “los retratos de Isabel II y de Felipe III, la serie Victorias de Carlos V, del pintor Juan de la Corte, o los óleos de Ramón Bayeu”.

Entre el mobiliario histórico, el actual embajador, José Pascual Marco, exhibe con orgullo la historia de la mesa del comedor que dejó, o vendió, el inquilino previo: William James Pirrie, propietario de los astilleros Harland and Wolff, constructores del Titanic. Para el conocido barco se hizo la monumental mesa, que quedó en Downshire House, y allí permanece, testigo de intrigas políticas, fiestas, bailes, reproches nacionales e idas y venidas de embajadores, políticos, sirvientes y todo tipo de personas que pisan los suelos y las mullidas alfombras de la delegación diplomática.

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Uno de los salones restaurados en la Embajada de España en Londres.

De espías y exilios a la nueva embajada

España y Reino Unido ya fueron punteros en el siglo XV en sus relaciones bilaterales. El primer embajador permanente nombrado en Europa, de los primeros en el mundo, fue el español Jofre de Sasiola en 1483 a la entonces corte de San Jaime o Inglaterra. Sasiola ratificó un tratado comercial el 9 de marzo de 1482 auspiciado por los Reyes Católicos para establecer una coalición con Bretaña, Borgoña e Inglaterra que metiera miedo a Francia. A Sasiola le siguió Rodrigo González de la Puebla y otros hasta que, de 1507 a 1510, el papel de embajador lo hizo Catalina de Aragón, la única mujer en una larguísima lista de embajadores, interrumpida por guerras y nutrida de condes, marqueses o duques de rancio abolengo o de reciente creación, y de largos apellidos con preposiciones, conjunciones o compuestos. Manuel Fraga Iribarne destaca también en apellidos rasos, mientras que Federico Trillo-Figueroa Martínez-Conde se lleva la palma de los compuestos.

Desde el duque de Alba en 1939 hasta Fraga en 1975, los embajadores representaban la dictadura franquista, mientras la otra España permanecía en el silencio del exilio, cercano o lejano. La misma situación, la de la España de refugiados, se produjo en el siglo XIX cuando Inglaterra se convirtió en asilo político de españoles, perseguidos por las embestidas liberales o absolutistas. Por esta razón, llegó a la embajada en 1824 la espía Vicenta Oliete, asistenta del fiscal, liberal exaltado y diputado Juan Romero Alpuente, nacido en Valdecuenca (Teruel). Vicenta acordó con el embajador espiar a los exiliados para conocer sus planes para restablecer el orden constitucional y derrocar la monarquía en España.

Tras el Trienio Liberal (1820-1823), una ola de españoles se exilió en Londres, donde, según Antonio Alcalá Galiano, el barrio de Sommers Town, en el hoy centro-norte de la ciudad, constituía una “abreviada España constitucional”. Los espías de la embajada acechaban a la familia de Rafael del Riego, que se había pronunciado contra el absolutismo, por lo que él fue ahorcado en Madrid. En Londres, Teresa, su esposa, y Miguel del Riego, su hermano, acudieron hasta la embajada francesa a pedir, sin suerte, clemencia para el militar. Teresa murió joven en 1824. Su entierro reunió al exilio liberal, observado por agentes de luto camuflado.

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Uno de los tantos eventos que se han celebrado en la Embajada en este 2025.

En 1843 llegó a Londres el mismísimo general Baldomero Espartero para refugiarse, enojando al embajador, Vicente Sancho del Castillo, por el efusivo recibimiento que el huido general recibía. Por culpa de Espartero o por otros motivos, en 1844 la embajada registró cinco, breves, embajadores. Doña Jacinta, esposa de Baldomero, asistió a una misa en la que el embajador, duque de Sotomayor, exigió que la expulsaran. Espartero reprochó a Sotomayor el haber humillado a su esposa en una iglesia. A finales de 1847, Baldomero fue nombrado embajador plenipotenciario en Gran Bretaña, aunque él prefirió regresar a España.

La restauración monárquica con Alfonso XII pasó también por la embajada, que custodiaba la estancia del joven príncipe en la academia militar Sandhurst. Salió de allí en 1874 para pasar las Navidades con su madre en París. No regresó por haber sido proclamado rey mientras continuaba la última guerra carlista. La embajada allanó, a petición de Cánovas del Castillo, una reunión de José de Salamanca con Ramón Cabrera para reconocer a Alfonso XII y acabar así la guerra.

La democratización de España cambió el tipo de conjuras que circulan por la sede diplomática. En 2020, Corinna Larsen, ex amante de Juan Carlos I, solicitó cita con el embajador Carlos Bastarreche, antes de presentar demanda judicial, en diciembre de 2020, contra el rey emérito por acoso, vigilancia ilegal y difamación. Según ella, el embajador “se asustó” al oír la persecución de la que era víctima por parte de “fuerzas oscuras” de España y del mismo exmonarca.

Para inaugurar la nueva etapa de la embajada, restaurada para mostrar su mayor brillo y esplendor, han difundido un video que le da aire de oficina de trabajo y dice que consolida las amistosas relaciones entre ambos países en defensa de la democracia, derechos humanos, economía, cultura y política. Solo falta resolver un tema pendiente desde 1713: Gibraltar, que ha erosionado a muchos embajadores, y pudo reventar al último franquista.

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Imagen: DepositPhotos.com

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