La alergia nacional a prohibir y la defensa de la libertad de expresión llevan, al menos, dos siglos anidando en la historia política de Gran Bretaña. Dos ejemplos de este patrimonio político o desarrollo de la democracia liberal, en Londres, son los Speakers’ Corner, que reúne a charlatanes y oradores de todo tipo en la esquina norte-este de Hyde Park; y el monolito de la libertad de expresión en Parliament Hill, la esquina sur-este de Hampstead Heath, norte de la ciudad. The Stone of Free Speech es el nombre oficial del segundo monumento a la libre opinión, ahora amenazado por el musgo, como si se tratara de una alegoría al destino del país.
La historia no documentada dice que las autoridades del momento, allá por los inicios del siglo XIX, adjudicaron espacios al aire libre para que los ciudadanos pudiesen expresar sus opiniones libremente, despotricar si era necesario e incluso criticar al monarca y al Todopoderoso, con el inconveniente de pasar frío o aguantar el chaparrón en una buena parte del año. En los pubs, clubes o lugares cerrados, debían contenerse la lengua, no meterse con según quien o no utilizar cierto vocabulario. Esto les diferenciaba de otros países en los que se prohibía criticar a los reyes o, por ejemplo, a los obispos. Así pudieron nacer los Speakers’ Corner, el monolito de Parliament Hill u otros espacios esparcidos por toda la geografía inglesa.
Los domingos al mediodía, Speakers’ Corner, todavía atrae a parlanchines sobre pedestal portátil que, con su dialéctica, buscan el significado de la vida, el camino hacia Dios o cuentan su versión de los acontecimientos políticos internacionales que, últimamente, dan mucho que hablar. La historia de esta meca de la oratoria y la locuacidad se ha convertido también en un imán turístico por el que se pasean muchos de los visitantes de Londres. El origen hablador de esta esquina del céntrico Hyde Park está más documentado que la piedra de la libertad de expresión del norte de la capital. Como lugar de debate público y político arranca en 1866 con una manifestación para reivindicar del derecho al voto para una nueva sección de hombres. Allí hablaron los dirigentes de la Reform League, que pedían ampliar el derecho al voto de los varones. Por allí han pasado personajes como Karl Marx, Vladimir Lenin o George Orwell para pregonar su credo.
Pero antes de que se congregaran allí las manifestaciones de protesta pública y política, el lugar albergaba los cadalsos de ejecución de prisioneros, instalados en 1196 para ahorcar a condenados, y eliminados en 1783. Más de 50.000 personas fueron ejecutadas en ese tiempo, lo cual atraía a morbosos y a manifestantes con el ánimo de protestar, a favor o en contra de determinadas ejecuciones. Los condenados tenían derecho a hacer una última declaración pública: confesaban su crimen, reivindicaban su inocencia o criticaban a las autoridades, incluido el sistema judicial. Las ejecuciones constituían un acto social por el que, incluso, había que pagar entrada con derecho a asiento de madera en un catafalco. Como en España, los cadalsos fueron trasladados en el siglo XIX del centro de las ciudades a las afueras o a dentro de las prisiones. Dejaron de ser espectáculo público.
Con estos precedentes, las protestas sociales y políticas tendían a reunirse a la esquina citada de Hyde Park. En 1872 una ley adjudicó el derecho a congregarse y hablar con libertad, y condiciones, en el llamado Speakers’ Corner. Desde entonces, las sufragistas que pedían el voto para las mujeres, los pacifistas y los armamentistas en período de guerras, y políticos propagandistas de todos los pelajes han pasado por allí.
El monolito a la libertad de expresión en Parliament Hill, el que ahora se ve atacado por el musgo, no cuenta con una historia documentada como la de los speakers. Pero alguien escribió que era un lugar de devoción religiosa y política hace dos siglos. Allí permanece el pedrusco, ajeno a su desnudez documental, pero activo cada mes de junio en el solsticio de verano, cuando reúne a grupos de personas que se arremolinan a su alrededor. El monolito está cerca de la cima de Parliament Hill, que ofrece una de las mejores vistas panorámicas sobre Londres. Allí, la noche del 5 de noviembre de 1605, Guy Fawkes, Robert Catesby y “los conspiradores de la pólvora”, se encontraron para ver saltar en pedazos el Parlamento, en protesta por las luchas religiosas. En lugar de ver y oír la explosión, que ellos mismos habían tramado colocando bidones de pólvora en la bodega de Westminster, la Policía, que había descubierto su complot, los detuvo. Ocho de los conspiradores fueron ejecutados.

El monolito a la libertad de expresión permanece ajeno a las discusiones de los historiadores que intentan escribir su certificado de nacimiento. Por el momento, el musgo se lo come a la espera de sí la London Corporation o el Ayuntamiento de Camden combatirán el musgo o la vegetación es el preludio al deterioro de la libertad de expresión, puesto que la alergia a prohibir hace tiempo que está curada.
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